Esta vez, Senpai no se andaba con rodeos. Me dobló, embistiéndome a cuatro patas, con un agarre fuerte y exigente. Yo era su juguete sexual amateur, recibiendo duro en todas las posiciones. Vaquera, misionero, no le importaba, solo quería que gritara su nombre. Cada embestida era una reivindicación, convirtiéndome en su zorra, y me encantaba.
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