Thérèse se sentía atrevida mientras montaba a horcajadas sobre su hombre en la arena de la playa. Quería hacer realidad su fantasía definitiva: estar cubierta de semen caliente y pegajoso. Con manos expertas, lo masajeó hasta que explotó de éxtasis, empapándola con su cremoso orgasmo. Era un desastre, ardiente y guarrilla, justo como a ella le gustaba.